Hoy te traigo la historia de mi primer intento de crear contenido online. Del de verdad. Del que me hizo sentir que no servía para esto.
Lo cuento ahora porque estamos en ese momento del año en que mucha gente se plantea empezar. Y la mayoría no lo hace. No por falta de ideas ni de experiencia. Por miedo a que lo primero que publiquen no sea lo suficientemente bueno.
Spoiler: no lo será. Y eso es exactamente lo interesante.
El día que me atreví
Era 2022. Acababa de publicar mi cuarto libro, Incombustible. Tenía 55 años, una empresa de software industrial, una editorial y esa energía que te da haber superado una crisis que casi te destruye.
Alguien —no recuerdo quién, pero le debo una— me dijo: “Esther, tienes que compartir esto. No solo en libros. Online. Donde la gente está.”
Me pareció razonable. Yo ya llevaba treinta años en tecnología. Sabía crear una web, configurar un servidor, programar un sistema de producción para una fábrica entera. ¿Qué tan difícil podía ser escribir un post?
Pues resultó muy difícil. Muchísimo más de lo que imaginaba.
El post que no funcionó
Mi primer contenido “de verdad” en redes fue un post de LinkedIn sobre productividad. Lo escribí como si estuviera preparando una ponencia técnica. Párrafos largos. Vocabulario preciso. Estructura impecable. Datos de respaldo.
Era aburrido.
No terrible, ni ofensivo, ni incorrecto. Simplemente aburrido. El tipo de contenido que lees porque se cruzó en tu feed, asientes un par de veces y sigues haciendo scroll sin recordar quién lo escribió.
Tres likes. Uno era de mi hijo. Otro de una compañera de la comunidad en la que estaba. El tercero creo que fue un colega de la uni.
Me quedé mirando la pantalla durante un rato largo. Pensando: “Tengo treinta años de experiencia y no soy capaz de escribir algo que le importe a alguien.”
Lo que hice después (mal)
Lo que hice fue lo que hace el 90 % de los profesionales en esa situación: intentar mejorar el contenido.
Busqué fórmulas de copywriting. Estudié estructuras de posts virales. Analicé qué hacían otros creadores que tenían miles de seguidores. Me compré un curso de “LinkedIn para profesionales” que me costó más de lo que debería haber pagado.
Y empecé a escribir posts que sonaban como todos los demás.
Hook agresivo en la primera línea. Frase corta. Punto. Otra frase corta. Punto. Espacio. Suspense. Revelación. CTA al final.
Funcionó un poco mejor. Más likes. Algún comentario. Pero algo no encajaba.
No sonaban como yo. No era yo quien escribía.
Sonaban como alguien que intentaba emular a alguien que sabe crear contenido. Que es diferente de crear contenido que conecta.
Lo que cambió todo
El cambio no vino de una técnica ni de un curso. Vino de una conversación.
Una amiga me escribió por WhatsApp después de leer uno de esos posts “optimizados” y me dijo algo que todavía recuerdo:
”Esther, tu libro me cambió, pero tus posts no me llegan”.
No lo dijo con mala intención. Lo dijo con la honestidad de alguien que se había enganchado a Incombustible porque la historia era real, el dolor era real y la transformación era real. Y ahora que leía mis posts, sentía que era otra persona quien estaba hablando.
Y tenía razón.
En el libro había contado mi quiebra, mi reconstrucción, las caminatas del domingo que me salvaron la vida. Había sido brutalmente honesta. En cambio, en los posts estaba siendo estratégicamente correcta.
Esa noche borré los tres últimos posts que tenía programados (y el publicado). Y escribí uno nuevo en mi blog de antaño. Sin fórmula. Sin estructura “probada”. Sin pensar en el algoritmo.
Escribí sobre el día que no pude pagar una factura. Sobre lo que se siente cuando tu cuenta corriente tiene un número negativo y tienes que decidir si pagar la luz o la cuota de autónomos.
Ese post tuvo más engagement que todo lo que había publicado en las semanas anteriores.
No porque fuera “viral”. No porque tuviera un hook perfecto. Porque era verdad. Y la verdad, cuando viene de alguien que la ha vivido, tiene una fuerza que ninguna fórmula de copywriting puede replicar.
Las tres lecciones que tardé meses en entender
Lección 1: Tu primer post no es para tu audiencia. Es para ti.
Suena contradictorio. ¿No se supone que el contenido es para la audiencia?
Sí. Pero el primer post no cumple esa función. Tu primer post es un acto de permiso. Te das permiso para ser visible. Para existir en un espacio público. Para decir “esto es lo que pienso” y aceptar que alguien puede estar en desacuerdo.
Ese permiso no viene de que el post sea bueno. Viene de que exista.
Cuando lo entiendes, dejas de paralizarte con el primer paso. Porque el objetivo del primer post no es ganar seguidores ni generar clientes. Es cruzar una línea psicológica que llevas meses —o años— sin cruzar.
Lección 2: El formato que necesitas al principio es el más pequeño posible.
Yo cometí el error de empezar con posts largos, articulados, ambiciosos. Quería que mi primer contenido reflejara mis treinta años de experiencia.
El problema es que un post largo amplifica el miedo. Más palabras, más posibilidades de equivocarte. Más párrafos, más horas de trabajo. Más esfuerzo invertido, más dolor si no funciona.
Lo que funciona al principio es lo contrario. Tres líneas. Una idea. Un solo concepto que dices porque lo piensas de verdad.
No es un artículo. Es una nota mental compartida.
ATLAS Pro tiene CHISPA, una skill que genera exactamente eso: micro-contenido a partir de una sola idea. No la menciono para venderte nada. La menciono porque resuelve un problema real: la parálisis del “no sé qué escribir” y del “no tengo tiempo para contenido largo”.
Si empezara hoy, empezaría con Notes de tres líneas. No con posts de quinientas palabras.
Lección 3: El sistema importa más que el talento.
Después del post que funcionó —el de la factura—, pensé que había descubierto la fórmula: “ser vulnerable”. Y empecé a intentar ser vulnerable en cada post.
Y no funciona así.
No puedes ser vulnerable a la fuerza. Lo que sí puedes hacer es tener un sistema que te ayude a decidir cuándo ser vulnerable, cuándo ser táctico, cuándo educar y cuándo simplemente compartir algo útil.
Hoy publico varias piezas semanales: dos newsletters, un podcast, un post de serie, y cada una tiene una función diferente dentro de la semana. No improviso qué publico ni cuándo. El sistema decide la estructura. Yo decido el contenido.
Eso no es automatización. Es liberación. Porque la pregunta ya no es “¿qué publico hoy?”, sino “¿qué quiero decir sobre el tema de esta semana?”.
Y esa pregunta es mucho más fácil de responder.
Lo que habría hecho diferente
Si pudiera volver a 2022, cambiaría tres cosas:
Empezaría más pequeño. Una nota al día durante dos semanas. Sin presión de que sea brillante. Solo el hábito de compartir una idea. Cuando el hábito está instalado, ya tienes la base para hacer cosas más elaboradas.
Dejaría de estudiar fórmulas antes de practicar. Los cursos de copywriting me llenaron la cabeza de reglas que me paralizaron más. Primero publicas veinte piezas. Después estudias por qué algunas funcionaron y otras no. El orden importa.
Buscaría un sistema antes. No un sistema perfecto. Un sistema mínimo. Qué día publico, en qué plataforma, sobre qué tema. Tres decisiones que eliminan el 80 % de la parálisis.
La paradoja del primer paso
Hay un principio que me costó años entender:
El primer paso no tiene que ser bueno. Tiene que ser real.
Parece obvio, pero no lo es.
Porque cuando llevas veinte o treinta años construyendo una reputación profesional, la idea de publicar algo mediocre se siente como un riesgo. “¿Y si alguien que me conoce lo ve y piensa que no soy tan buena como creían?”
Esa pregunta paraliza a más profesionales 50+ de los que puedo contar. Los he visto en sesiones, en mensajes, en conversaciones. Gente con experiencia extraordinaria que no comparte nada porque no quiere que su primer contenido sea “menos” de lo que son.
Y mientras tanto, alguien con la mitad de su experiencia y el doble de atrevimiento está publicando, ganando audiencia y posicionándose como la referencia del sector.
No porque sepa más. Porque actúa.
Lo que tus treinta años de experiencia necesitan
Tu experiencia es tu activo más valioso. No exagero. Treinta años de resolver problemas, de tratar con clientes, de aprender de errores que alguien de veintiocho ni siquiera sabe que existen. Ese capital intelectual tiene un valor enorme.
Pero un activo que no se activa, no genera nada.
Tu experiencia, guardada en tu cabeza, solo te sirve a ti. Compartida —aunque sea en un post de tres líneas, aunque sea imperfecta, aunque nadie la comente— empieza a trabajar para ti. Te posiciona. Te conecta con gente que necesita lo que tú sabes. Te abre puertas que no sabías que existían.
Lo que necesitas no es más experiencia. Lo que necesitas es un primer paso.
Un primer paso real, imperfecto y probablemente incómodo.
Como el mío fue.
Una pregunta para ti
Si estás leyendo esto y llevas tiempo pensando en crear contenido —semanas, meses, quizás años— quiero preguntarte algo:
¿Qué es exactamente lo que te frena?
No la respuesta fácil de “no tengo tiempo” ni “no sé por dónde empezar”. La respuesta real.
¿Es miedo a que no sea suficientemente bueno? ¿Es miedo a que tus colegas lo vean y te juzguen? ¿Es miedo a que nadie responda y confirme esa sospecha de que tu conocimiento no interesa?
Porque si es cualquiera de esas razones, tengo noticias: todas son reales y ninguna es motivo para no empezar.
El contenido suficientemente bueno no existe al principio. Existe después de veinte publicaciones mediocres. Los colegas que te importan probablemente ni lo verán. Y si nadie responde al primer post, no significa que no intereses. Significa que todavía no te conocen.
El primer paso no tiene que ser bueno. Tiene que ser real.
El mío fue un desastre. Y fue exactamente lo que necesitaba.
Lo que viene
Estoy preparando algo para quienes están en ese punto de partida. Para quienes tienen la experiencia pero no el sistema. No puedo contarte más todavía, pero pronto tendrás noticias.
Si quieres que te avise cuando llegue, responde a este email con una palabra: “avísame”. No necesitas decir nada más.
P.D. Mañana en el podcast hablo de algo que nadie admite: el terror a ser visible. “No estoy lista para que me vean” es la frase que más escucho en mis conversaciones con profesionales que quieren crear contenido. Si te identificas, escúchalo. No eres el/la único/a.



hola, pues me has descrito perfectamente en este post, avisame a ver si me desbloqueo.gracias
Me parece muy interesante lo que compartes aquí Esther, los creadores de contenido siempre estamos buscando la mejor estrategia, el giro inesperado o la frase o imagen más impactante que enganche a la gente a leerlo o a verlo, pero la realidad es que lo que conecta es el contenido más humano la experiencia propia de cada cuál. Gracias por compartirlo